18 de julio de 2026

Bancos

 Las palabras y la vida 

 Alberto Martín Baró

Nos decíamos mi hijo Guillermo y yo que en el núcleo urbano de El Espinar no hay bancos.

No nos referíamos no a las entidades bancarias en las que ingresamos dinero o lo sacamos, aunque tampoco me he parado a averiguar si hay muchas o pocas. Me basta con conocer dónde está el banco, en mi caso caja de ahorros, que me presta estos servicios.

Hablábamos de los bancos en los que poder sentarse, mucho más requeridos por mí que por mi hijo. No creo que Guillermo se haya sentado en su vida en un banco de El Espinar, a pesar de que baja al pueblo desde El Cabezuelo, donde vivimos, varias veces al día y menos a la noche.

Los primeros asientos que nos llevaron a retractarnos de nuestra osada afirmación son los situados en la Calle Luna, más conocida como Paseo de las Bolas, donde cada dos o tres metros –no me he parado a medirlo– hay un banco de piedra sin respaldo, y la gente también se sienta en el reborde de la barandilla que jalona el paseo.

El domingo pasado, al salir de la misa de ocho, reparé en un banco de piedra similar a los del Paseo de las Bolas.

Puesto a fijarme en asientos, he visto a gente sentada en los que se apoyan en las paredes del Ayuntamiento.

Mi hija Gabriela me dice que, no sabría cuándo, pusieron unos bancos en los aledaños de la plaza de toros.

Para intentar no dejarme bancos en el tintero, yo mismo he usado más de una vez los que en el interior del Parque de Cipriano Geromini te brindan descanso, sobre todo al subir hacia la salida que da a la carretera de Ávila.

Por supuesto que no hay bancos en el monte, aunque sí pueden prestar este servicio los rebordes de las fuentes. Al curioso lector le remito al excelente libro de Javier Sanz Pérez, que se titula precisamente Descubriendo nuestras fuentes.

Cuando mi mujer Angelina y yo paseamos por la Calle del Prado, donde se sitúa nuestra casa, que es la suya, queridos lectores, echamos de menos algún amigable banco donde descansar.

Pero, se dirán extrañados, si están ustedes en la calle donde se sitúa su casa.

Conforme pasan los años y nos hacemos viejos, llamemos a las cosas por su nombre, tenemos más necesidad de encontrar un banco amigo en el que sentarnos a descansar, aunque sólo sea unos minutos.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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