25 de julio de 2026

El fútbol

Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Con la retransmisión por RTV de los partidos del mundial de fútbol, los aficionados a este deporte han tenido un atracón. Y no digamos con la victoria de la selección española, “La Roja”, contra Argentina en la final.

Toda España, excluidos ciertos obstinados independentistas y separatistas catalanes y vascos, y algunas personas –yo conozco a varias– que tienen todo el derecho a disentir de esta unánime atracción, ha vibrado con esa victoria.

Mi relación con el fútbol ha pasado por distintas fases, desde mi adolescencia, en la que veía con indiferencia  cómo mi hermano mayor y un primo nuestro asistían con fervor a los partidos de fútbol del Real Valladolid en el Estadio Zorrilla. Aprovecho esta circunstancia para desear que el Real Valladolid mejore su clasificación en la liga. Digo indiferencia, hasta que mi hermano Carlos, dos años menor que yo, recientemente fallecido, me convenció de la belleza y la riqueza de las reglas de este deporte.

Yo era aficionado al tenis y solía ver las retransmisiones por televisión de partidos en los que jugaban los grandes Santana y después Nadal. Pero estaba claro que la variedad de las situaciones y los movimientos del fútbol superaba a la del tenis, incluso a la del baloncesto.

Así que me he unido a la fiebre de España con el Mundial, aunque no he visto la retransmisión de todos los partidos, y desde luego detesto los chabacanos intermedios con actuaciones de supuestas artistas.

Siguiendo los consejos de mi hermano Carlos, a veces veía las retransmisiones por televisión de partidos de fútbol que de pronto me sorprendían sin que tuviera ninguna relación especial con los equipos que jugaban.

Sin ánimo de poner al mismo nivel, sobre todo para un creyente católico como yo, el seguimiento multitudinario de los actos litúrgicos presididos por el Papa León XIV en su visita a España, y las masas de aficionados que seguían a los jugadores de La Roja, campeones del Mundial, en su desplazamiento por la capital de España, he de reconocer que también hubo personas no creyentes –yo las conozco– que asistieron a las ceremonias litúrgicas oficiadas por León XIV.

Nunca he logrado entender las reglas que rigen el deporte estrella en los Estados Unidos, el béisbol. Así que insisto en lo anteriormente dicho de mi comprensión hacia las personas a las que el fútbol ni les va ni les viene, incluso hacia las que lo aborrecen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

18 de julio de 2026

Bancos

 Las palabras y la vida 

 Alberto Martín Baró

Nos decíamos mi hijo Guillermo y yo que en el núcleo urbano de El Espinar no hay bancos.

No nos referíamos no a las entidades bancarias en las que ingresamos dinero o lo sacamos, aunque tampoco me he parado a averiguar si hay muchas o pocas. Me basta con conocer dónde está el banco, en mi caso caja de ahorros, que me presta estos servicios.

Hablábamos de los bancos en los que poder sentarse, mucho más requeridos por mí que por mi hijo. No creo que Guillermo se haya sentado en su vida en un banco de El Espinar, a pesar de que baja al pueblo desde El Cabezuelo, donde vivimos, varias veces al día y menos a la noche.

Los primeros asientos que nos llevaron a retractarnos de nuestra osada afirmación son los situados en la Calle Luna, más conocida como Paseo de las Bolas, donde cada dos o tres metros –no me he parado a medirlo– hay un banco de piedra sin respaldo, y la gente también se sienta en el reborde de la barandilla que jalona el paseo.

El domingo pasado, al salir de la misa de ocho, reparé en un banco de piedra similar a los del Paseo de las Bolas.

Puesto a fijarme en asientos, he visto a gente sentada en los que se apoyan en las paredes del Ayuntamiento.

Mi hija Gabriela me dice que, no sabría cuándo, pusieron unos bancos en los aledaños de la plaza de toros.

Para intentar no dejarme bancos en el tintero, yo mismo he usado más de una vez los que en el interior del Parque de Cipriano Geromini te brindan descanso, sobre todo al subir hacia la salida que da a la carretera de Ávila.

Por supuesto que no hay bancos en el monte, aunque sí pueden prestar este servicio los rebordes de las fuentes. Al curioso lector le remito al excelente libro de Javier Sanz Pérez, que se titula precisamente Descubriendo nuestras fuentes.

Cuando mi mujer Angelina y yo paseamos por la Calle del Prado, donde se sitúa nuestra casa, que es la suya, queridos lectores, echamos de menos algún amigable banco donde descansar.

Pero, se dirán extrañados, si están ustedes en la calle donde se sitúa su casa.

Conforme pasan los años y nos hacemos viejos, llamemos a las cosas por su nombre, tenemos más necesidad de encontrar un banco amigo en el que sentarnos a descansar, aunque sólo sea unos minutos.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10 de julio de 2026

Concierto en el Parque

 Las palabras y la vida

Alberto Martín Baró

Las palabras y la vida Concierto en el Parque Alberto Martín Baró

El sábado pasado 25 de julio se celebró en el Parque Cipriano Geromini de El Espinar un concierto a cargo de la Orquesta de Pulso y Púa que lleva el nombre de su creador y director Lorenzo Moya.

Esta orquesta está integrada por instrumentos tradicionales de cuerda pulsada, como son las bandurrias, los laúdes y las guitarras clásicas, a los que en ocasiones, dependiendo del repertorio del concierto, se incorporan solistas de canto, piano y percusión.

El director Lorenzo Moya enumeró también la serie de instrumentos de metal, que convierten a este conjunto en una auténtica orquesta sinfónica.

Mi mujer Angelina y yo llegamos tarde al concierto, al que nos llevaron en coche nuestros amigos Vicente y Lara, pero encontramos asientos libres.

Quiero resaltar ante todo el grato microclima de frescor que contrastaba con el calor reinante en el exterior del Parque.

A la música de películas, como Los siete magníficos, se añadieron toda suerte de tonadas mejicanas y dúos de cantantes líricas, para terminar con unos temas del grupo Abba, como Waterloo.

En lo alto de uno de los abetos que flanquean la entrada del Parque que da a la plaza de toros, escuchaba con atención el concierto un cuervo.


3 de julio de 2026

Los inmigrantes

 Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Tanto en el Parque de las Avenidas, barrio de Madrid en el que vivo con mi mujer Angelina la mayor parte del año, como en El Espinar, pueblo de la sierra en el que ahora me encuentro pasando el mes de julio, son centros de acogida de inmigrantes.

Esta población foránea está cambiando la fisonomía tanto de nuestro barrio madrileño, como la de mi querido pueblo serrano.

Empezaré hablando de Alba, la asistenta colombiana que trabaja en nuestra casa madrileña, ocupándose de las tareas del hogar, desde la limpieza hasta la cocina, en horario de 10 a 17 de lunes a viernes y de 10 a 13 los sábados. Alba es una mujer trabajadora y culta que tiene todos los “papeles” en regla, cuestión de suele preocupar a la mayoría de los inmigrantes. A Alba tanto mi mujer como yo estamos muy agradecidos. Alba, te queremos.

El Parque de las Avenidas se ha convertido ya hace algunos años en un barrio en el que abunda, no me atrevo a decir que predomina, la gente mayor, que necesita la ayuda de personas jóvenes y fuertes, que en este caso son en su mayoría inmigrantes hispanoamericanos, para empujar su silla de ruedas o caminar a su lado.

No es este el único trabajo que desempeñan los inmigrantes iberoamericanos en el Parque. Hay venezolanas, peruanos, paraguayos, contratados en algunos de los numerosos restaurantes del barrio. Una venezolana con la que tenemos bastante confianza, pues nos atiende en el restaurante que  hay justo debajo de nuestra casa, al preguntarle si su familia se ha visto afectada por los terremotos que han asolado Venezuela, nos dice que sus familiares viven lejos de la Guaira.

Otro grupo de inmigrantes numerosos en el Parque de las Avenidas son los chinos, muy trabajadores y dispuestos. Mi mujer va a la peluquería que tiene montada un chino cuyo nombre no hemos logrado averiguar, junto a la que creemos que es su pareja y que “hace las uñas” de maravilla.

Otra familia de chinos tiene dos locales juntos, uno de ellos dedicado a fotocopistería, que siempre está lleno, y el otro a la telefonía móvil. Del joven que trabaja en este local sí conozco el nombre: se llama Julio y le estoy muy agradecido, pues ha conseguido arreglar mi fotocopiadora, viniendo incluso a nuestra casa.

Desperdigados por todo nuestro barrio madrileño hay varias tiendas de ropa, un gran almacén en el que encuentras de todo y pequeños comercios de alimentación.

Como este fenómeno de los inmigrantes chinos se repite en El Espinar, y supongo que en muchos otros lugares de España y de otros países, pienso que el presidente de la República Popular China Xi Jimpin puede estar orgulloso de tener numerosos súbditos desperdigados por todo el mundo, pues no han encontrado en el país que él preside una forma mejor de ganarse la vida.

Mi hijo Guillermo es asiduo del gran almacén que tienen abierto unos chinos en la Avenida de la Hontanila, y en el que, si no tienen algún artículo, lo piden y te lo suministran.

Otros inmigrantes que tienen abiertos negocios en El espinar son los marroquíes. Tanto a estos como a los chinos de los que acabo de hablar nunca los verás como clientes en un bar o algún otro establecimiento similar, ni tampoco en compañía de sus mujeres, que visten el tradicional burka.

Eso sí, mis nietos han tenido como compañeros de clase a marroquíes, a los que hay que servir en el comedor comidas especiales.

Yo asistí de adolescente a la emigración de trabajadores españoles a países de Europa, en especial a Alemania. Estos no eran, por tanto, inmigrantes, sino emigrantes.

Como ha habido españoles que en distintas épocas han emigrado a países iberoamericanos, y que al ser emigrantes no tienen cabida en este blog dedicado a los inmigrantes.