Las palabras y la vida
Alberto Martín Baró
Con la retransmisión por RTV de los partidos del mundial de fútbol, los aficionados a este deporte han tenido un atracón. Y no digamos con la victoria de la selección española, “La Roja”, contra Argentina en la final.
Toda España, excluidos ciertos obstinados independentistas y separatistas catalanes y vascos, y algunas personas –yo conozco a varias– que tienen todo el derecho a disentir de esta unánime atracción, ha vibrado con esa victoria.
Mi relación con el fútbol ha pasado por distintas fases, desde mi adolescencia, en la que veía con indiferencia cómo mi hermano mayor y un primo nuestro asistían con fervor a los partidos de fútbol del Real Valladolid en el Estadio Zorrilla. Aprovecho esta circunstancia para desear que el Real Valladolid mejore su clasificación en la liga. Digo indiferencia, hasta que mi hermano Carlos, dos años menor que yo, recientemente fallecido, me convenció de la belleza y la riqueza de las reglas de este deporte.
Yo era aficionado al tenis y solía ver las retransmisiones por televisión de partidos en los que jugaban los grandes Santana y después Nadal. Pero estaba claro que la variedad de las situaciones y los movimientos del fútbol superaba a la del tenis, incluso a la del baloncesto.
Así que me he unido a la fiebre de España con el Mundial, aunque no he visto la retransmisión de todos los partidos, y desde luego detesto los chabacanos intermedios con actuaciones de supuestas artistas.
Siguiendo los consejos de mi hermano Carlos, a veces veía las retransmisiones por televisión de partidos de fútbol que de pronto me sorprendían sin que tuviera ninguna relación especial con los equipos que jugaban.
Sin ánimo de poner al mismo nivel, sobre todo para un creyente católico como yo, el seguimiento multitudinario de los actos litúrgicos presididos por el Papa León XIV en su visita a España, y las masas de aficionados que seguían a los jugadores de La Roja, campeones del Mundial, en su desplazamiento por la capital de España, he de reconocer que también hubo personas no creyentes –yo las conozco– que asistieron a las ceremonias litúrgicas oficiadas por León XIV.
Nunca he logrado entender las reglas que rigen el deporte estrella en los Estados Unidos, el béisbol. Así que insisto en lo anteriormente dicho de mi comprensión hacia las personas a las que el fútbol ni les va ni les viene, incluso hacia las que lo aborrecen.