28 de marzo de 2026

La siesta

Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Mi padre, el escritor Francisco Javier Martín Abril, no dejó de echarse la siesta un solo día de su vida. Lo cual, en circunstancias habituales, no tenía nada de particular, pues mi padre trabajaba en casa, escribiendo a máquina su artículo diario, que luego enviaba al “Ya”, al “ABC”, a “La Gaceta del Norte” o a “El Norte de Castilla”.

Pero lo que sí tenía más singularidad era que en sus viajes, para presidir unos juegos florales o dar una conferencia en alguna ciudad española, y alojarse por lo tanto en un hotel, nunca omitió su costumbre de dormir la siesta.

La siesta, el gran invento español, es añorada por muchos trabajadores, a los que su horario de trabajo no les permite disfrutar de ese descanso después de la comida.

Por favor, no digan “hacer la siesta”, por indebida influencia del francés “faire la sieste”. En castellano lo correcto es decir “dormir la siesta” o “echarse la siesta”.

Dando un salto en el tiempo, a mí los médicos me desaconsejaron echarme la siesta acostado en la cama, debido a una hernia de hiato, que creo que a estas alturas de mi vida ha desaparecido.

Así que adquirí la costumbre, siempre que podía, de sentarme en un sofá y apoyar los pies en la mesa de delante. Me consta que algún pariente mío también lo hace.

En la actualidad, he cambiado esa postura, remedo de la siesta, por tumbarme en un sofá, con la cabeza apoyada en uno de los brazos y los pies colgando por encima del otro brazo.

Como mi sueño nocturno dista mucho de ser reparador por la necesidad de levantarme a orinar varias veces, este sueño “post prandium”, o sea después de la comida en el sofá, es un anhelado trasunto de la siesta, que puede durar tres o cuatro horas, si alguna contingencia no lo interrumpe. Y que mis familiares respetan.

Mi mujer Angelina lo remeda apoyando la cabeza en un almohadón y estirando las pernas en el otro sofá de la sala.

Así que, a falta de siesta ortodoxa, estas imitaciones me recuerdan a mi padre y su fidelidad al gran invento español de acostarse en la cama para descansar después de la comida. 

20 de marzo de 2026

La hiriente realidad del comunismo

 Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Y no se les cae la cara de vergüenza, ¿Que de quiénes hablo? Pues de aquellas y aquellos comunistas que viven a todo lujo, mientras a su lado el pueblo que dicen defender y representar no tiene para llegar a fin de mes y pasa hambre.

Sé que hay muchos más ejemplos, o si quieren ejemplares, pero traeré aquí a algunos de los más llamativos y lacerantes.

Ahí tienen a la vicepresidenta segunda, ministra de Trabajo en el gobierno de Pedro Sánchez, fundadora del movimiento Sumar que, cuando este invento se está convirtiendo en “Restar”, ha decidido viajar por todo el mundo a cargo del erario público, tan público que pagamos todos los españoles con los impuestos con que nos grava su compañera de gabinetes María Jesús Montero. Ya habrán caído en que estoy hablando de Yolanda Díaz.

Su última radiante aparición ha sido en la entrega de los Oscar, donde la película española Sirat, que al parecer justificaba su presencia cosechó un merecido fracaso.

Yolanda Díaz, afiliada al Partido Comunista desde sus tiempos juveniles en 1986 cuando tenía 16 años, en Fene, la Coruña, no pasará a la historia por su invento de los fijos discontinuos, ni por sus esfuerzos para aumentar el salario mínimo interprofesional, sino por el glamur de sus modelos nunca repetidos.

Antes que Yolanda Díaz, ya habían dado ejemplo de buen vivir el fundador de Podemos Pablo Iglesias y su actual esposa Irene Montero. Afiliados ambos al Partido Comunista, para no desentonar de otros jerarcas de la ideología más funesta que ha conocido la historia desde Karl Marx, solo equiparable al fascismo de Hitler, viven en uno de los barrios más selectos de Galapagar. Cuando el marido aún tenía un cargo público en el gobierno de Pedro Sánchez, su chalet estuvo protegido por una pareja de la Guardia Civil, que velaba para que ningún mortal se acercara a sus inmediaciones.

Me ha llamado la atención en estos días en los que Cuba vuelve a ocupar un primer plano en los telediarios y en la prensa mundial, la imagen de su presidente Manuel Díaz Canel, jefe de Estado y de Gobierno, primer secretario del Partido Comunista de Cuba y comandante en jefe de las fuerzas armadas, que aparece luminosa y rutilante en un país sumido en la oscuridad. Por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, este contraste entre la foto radiante del heredero de Fidel Castro y la oscuridad en la que malvive el pueblo cubano bastaría para desacreditar a una ideología que por doquier se ha implantado no ha traído más que miseria y hambre para el pueblo humilde.

La en otros tiempos llamada “perla del Caribe” es un ejemplo más de la funesta realidad a la que están abocados los países y los pueblos en los que se ha implantado el comunismo.

 

14 de marzo de 2026

A los nacionalistas e independentistas, ni agua

 Las palabras y la vida 

 Alberto Martín Baró

Querido tocayo Alberto Núñez Feijoo: He leído que en fecha reciente has mantenido una conversación “larga, sincera y respetuosa” con el actual presidente del PNV, Aitor Esteban. Y has anunciado que “desde el respeto y la educación vamos a mantener una relación de comunicación con el PNV y de lealtad a Euskadi”.

Por de pronto, apreciado Alberto, me parece impropio de un español culto utilizar el neologismo Euskadi para referirse a lo que es el País Vasco y son las Provincias Vascongadas.

Pero dejando a un lado precisiones lingüísticas, aunque tienen más importancia de la que aparentemente denotan, qué es lo que pide el PNV a través de su actual presidente Aitor Esteban.

El subdirector de “El Debate”, el periodista Luis Ventoso, resume perfectamente en un artículo lo que quiere el PNV. Me tomo la libertad de citar literalmente a Luis Ventoso: “¿Y qué pide el educadísimo, encorbatado y aparentemente moderado PNV, ese con el que Feijoo quiere mantener una relación de comunicación educada y respetuosa? Pues casi nada. Quiere cambiar la Constitución para eliminar la ‘indisoluble unidad de la Nación española del artículo 2, incluir el derecho de autodeterminación, eliminar el artículo 155, limitar la inviolabilidad del Rey y despojar a las Fuerzas Armadas de su función de defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional’. Es decir, quiere la rendición total del Estado para que quede abierta de par en par la puerta a la independencia del País Vasco (…) y, por ende, de Cataluña, por supuesto. ¿De qué hay que hablar con un partido que piensa así?”

El principal problema de España, el único que puede destruirla es el separatismo e independentismo.

Si nos atenemos a los datos, en las últimas elecciones generales los partidos independentistas Junts, ERC, Bildu, PNV y BNG obtuvieron 1,6 millones de votos, mientras que el PP ganó las elecciones con 8 millones y Vox logró 3 millones. O sea que los partidos que suman 1,6 millones de votos en un país de 49 millones de habitantes no cesan de presionar al Gobierno de España para obtener beneficios que ponen en peligro la unidad de la nación española y atentan contra la Constitución.

Para dividir a España en una “nación de naciones” ya se basta Pedro Sánchez. El PP y Vox deben trabajar para mantener la unidad de la nación española.

Nunca debieron los partidos nacionalistas e independentistas tener escaños y votos en el Parlamento español. Es más, hace tiempo debieron haber sido ilegalizados.

En la misma Cataluña, según el barómetro CEO de la Generalitat, el 48,3% de los catalanes rechaza la independencia, mientras que un 44% la apoya, con variaciones según los años.

Insisto, a los nacionalistas e independentistas, ni agua

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7 de marzo de 2026

Misiles, drones y aranceles

 Las palabras y la vida Alberto Martín Baró

Apenas hay día, desde que Rusia, o sea Vladimir Putin, el 24 de febrero de 2022 decidió invadir Ucrania, en el que misiles rusos no hayan destruido edificios ucranianos, tanto en Kiev como en otras poblaciones de Ucrania.

Un misil, según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), “proyectil autopropulsado, por lo general guiado electrónicamente”, es un arma que ya se utilizaba con fines bélicos de todo tipo desde 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces los misiles han perfeccionado su poder destructivo. Así en la invasión de Ucrania por Rusia, que eufemísticamente el mandatario ruso denominó “operación militar especial”, los misiles han desempeñado un importante y mortífero papel de destrucción. O sea, que ya eran por mí conocidos.

En cambio tengo que reconocer que los drones me eran prácticamente desconocidos hasta el conflicto de Rusia contra Ucrania. El diccionario de la RAE define dron como “aeronave no tripulada”, o sea vehículo aéreo que se desplaza sin tripulación y que, a diferencia del misil, no tiene solamente fines bélicos.

La primera vez que yo vi un dron fue en el año 2018 en Menorca, cuando con mi mujer Angelina visitábamos un faro. Al querer mi mujer fotografiarlo con la cámara de su móvil, el dron puso su mecanismo en polvorosa y desapareció.

La tercera palabra que hoy encabeza mi blog semanal es arancel. Si me hubieran preguntado hace un par de años qué son los aranceles, me habría pasado como con los drones. O sea, habría tenido que recurrir al diccionario de la RAE, que define arancel como “tarifa oficial que determina los derechos (impuestos) a pagar, generalmente en aduanas por la importación de productos, o para remunerar ciertos servicios profesionales”. En otras palabras, un arancel es la tarifa oficial determinante de los derechos que se han de pagar en varios servicios, como el de costas judiciales, aduanas, etc., o establecida para remunerar a ciertos profesionales.

La mayoría de los mortales nos hemos familiarizado con esta palabra por los aranceles que el presidente de los Estados Unidos ha amenazado imponer a productos en los que haya un déficit comercial de EE.UU. frente a otros países, por ejemplo, respecto a España, el aceite de oliva, el vino, el jamón, la cerámica y la automoción. Así, al encarecer el producto venido de fuera, el mismo fabricado dentro del país se vuelve más competitivo en precio para sus ciudadanos.

Ahora bien, si el país cuyos productos son objeto de tal impuesto responde imponiendo aranceles a los importados del otro país,, se entra en una guerra comercial que a nadie beneficia. El consumidor del producto gravado con un arancel tiene que pagar más por el mismo, tanto en el país exportador como en el importador.

Confío en que esta explicación de un profano en el tema de los aranceles haya aclarado algo a mis lectores.