Las
palabras y la vida
Alberto Martín Baró
Tanto en el Parque de las Avenidas, barrio de
Madrid en el que vivo con mi mujer Angelina la mayor parte del año, como en El
Espinar, pueblo de la sierra en el que ahora me encuentro pasando el mes de
julio, son centros de acogida de inmigrantes.
Esta población foránea está cambiando la fisonomía
tanto de nuestro barrio madrileño, como la de mi querido pueblo serrano.
Empezaré hablando de Alba, la asistenta colombiana
que trabaja en nuestra casa madrileña, ocupándose de las tareas del hogar,
desde la limpieza hasta la cocina, en horario de 10 a 17 de lunes a viernes y
de 10 a 13 los sábados. Alba es una mujer trabajadora y culta que tiene todos
los “papeles” en regla, cuestión de suele preocupar a la mayoría de los
inmigrantes. A Alba tanto mi mujer como yo estamos muy agradecidos. Alba, te
queremos.
El Parque de las Avenidas se ha convertido ya hace
algunos años en un barrio en el que abunda, no me atrevo a decir que predomina,
la gente mayor, que necesita la ayuda de personas jóvenes y fuertes, que en
este caso son en su mayoría inmigrantes hispanoamericanos, para empujar su
silla de ruedas o caminar a su lado.
No es este el único trabajo que desempeñan los
inmigrantes iberoamericanos en el Parque. Hay venezolanas, peruanos, paraguayos,
contratados en algunos de los numerosos restaurantes del barrio. Una venezolana
con la que tenemos bastante confianza, pues nos atiende en el restaurante
que hay justo debajo de nuestra casa, al
preguntarle si su familia se ha visto afectada por los terremotos que han
asolado Venezuela, nos dice que sus familiares viven lejos de la Guaira.
Otro grupo de inmigrantes numerosos en el Parque
de las Avenidas son los chinos, muy trabajadores y dispuestos. Mi mujer va a la
peluquería que tiene montada un chino cuyo nombre no hemos logrado averiguar,
junto a la que creemos que es su pareja y que “hace las uñas” de maravilla.
Otra familia de chinos tiene dos locales juntos,
uno de ellos dedicado a fotocopistería, que siempre está lleno, y el otro a la
telefonía móvil. Del joven que trabaja en este local sí conozco el nombre: se
llama Julio y le estoy muy agradecido, pues ha conseguido arreglar mi
fotocopiadora, viniendo incluso a nuestra casa.
Desperdigados por todo nuestro barrio madrileño
hay varias tiendas de ropa, un gran almacén en el que encuentras de todo y
pequeños comercios de alimentación.
Como este fenómeno de los inmigrantes chinos se
repite en El Espinar, y supongo que en muchos otros lugares de España y de
otros países, pienso que el presidente de la República Popular China Xi Jimpin
puede estar orgulloso de tener numerosos súbditos desperdigados por todo el
mundo, pues no han encontrado en el país que él preside una forma mejor de
ganarse la vida.
Mi hijo Guillermo es asiduo del gran almacén que
tienen abierto unos chinos en la Avenida de la Hontanila, y en el que, si no
tienen algún artículo, lo piden y te lo suministran.
Otros inmigrantes que tienen abiertos negocios en
El espinar son los marroquíes. Tanto a estos como a los chinos de los que acabo
de hablar nunca los verás como clientes en un bar o algún otro establecimiento
similar, ni tampoco en compañía de sus mujeres, que visten el tradicional
burka.
Eso sí, mis nietos han tenido como compañeros de
clase a marroquíes, a los que hay que servir en el comedor comidas especiales.
Yo asistí de adolescente a la emigración de
trabajadores españoles a países de Europa, en especial a Alemania. Estos no
eran, por tanto, inmigrantes, sino emigrantes.
Como ha habido españoles que en distintas épocas
han emigrado a países iberoamericanos, y que al ser emigrantes no tienen cabida
en este blog dedicado a los inmigrantes.