Las palabras y la vida
Alberto Martín Baró
Estaba yo esta mañana del 1 de agosto desayunando en el VIP de la Avenida de América, haciendo tiempo para ir a renovarme el carnet de conducir. Pues bien, a través de la cristalera veía pasar a numerosas personas que arrastraban sus maletas dirigiéndose adondequiera que fuera a pasar sus vacaciones.
Hay empresas que cierran el mes de agosto, con lo que a sus empleados no les queda otro remedio que abandonar su puesto de trabajo.
Todo esto se traduce en aglomeraciones en las carreteras, en las estaciones de tren y en los aeropuertos.
Mi hija Gabriela, mi yerno Gonzalo y sus dos hijos, mis nietos Alicia y Mateo, han tenido el acierto, o la necesidad, de volver de sus cortas vacaciones en Cantabria, cuando todo el mundo, como he dicho, comienza el éxodo de agosto.
Mi mujer Angelina y yo también nos unimos a esta emigración agosteña, y el día 4, Dios mediante, con permiso del cenizo del ministro de Transporte, el mal hablado Óscar Puente, cogeremos el tren Alvia para dirigirnos a Santander, patria chica de Angelina.
Todos los días miro en el móvil las temperaturas de Madrid, Santander y El Espinar. Las de estas dos últimas localidades suelen coincidir por lo bajo, mientras Madrid se lleva la palma calurosa.
Desde hace años dedico mi blog de agosto a Santander y no puedo por menos de lamentar el abigarramiento que ha venido experimentando la ciudad.
Permanece incólume la Bahía que se divisa desde la casa que Angelina comparte con dos de sus hermanos, a los que yo me uno como “advenedizo”. No puede decirse lo mismo de las playas del Sardinero, que sufren la afluencia masiva de bañistas. Angelina y yo nos limitamos a pasear de un extremo a otro, hasta el Chiqui por un lado y hasta la Concha por el otro. Pero aun este sano ejercicio deambulante se ve dificultado por otros paseantes que van de un lado a otro de la playa.
Evoco con añoranza los baños que yo me daba no hace mucho tiempo y que hoy, por obvias razones no me permito.
Algunos días vamos a la playa de la Magdalena, que nos deja entrar en el agua templada.
Confío en que María Luisa, la hermana mayor de Angelina, haya sacado entradas para algunos conciertos del Palacio de Festivales, que no tenemos más que cruzar la calle para acceder a él.
Ah, Santander, novia del mar, que se inclina a tus pies…