22 de agosto de 2026

Alba y Shakira

 Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Hacía días que había yo llamado a Alba, nuestra asistenta, para saber de ella, pues de no estar mi mujer y yo en Santander pasando el mes de agosto, Alba tendría que estar trabajando en nuestra casa de Madrid. Alba es una excelente cocinera y tiene el piso como los chorros del oro.

Al estar libre el mes de agosto, Alba había barajado incluso la posibilidad de viajar a Colombia, donde vive su familia. Lo caro del viaje la disuadió de la idea.

Ella, que es una persona muy religiosa, cree que  en esta decisión intervino la mano de Dios, pues a los pocos días tuvo lugar en Colombia el terrible terremoto que ha sacudido el país. Alba no pudo por menos de dar gracias a Dios, pues su familia, que vive en Calí, uno de los centros del temblor, había salido indemne.

Lo cual no quiere decir que tanto ella como nosotros no hayamos lamentado la multitud de víctimas del seísmo y sus réplicas.

Me entero por la prensa y la televisión de que la célebre cantante Shakira ha viajado a Colombia para prestar ayuda a una población que está necesitada de todo.

Hay ocasiones en que las celebridades aprovechan las desgracias ajenas para incrementar su fama. No es este el caso de Shakira, cuya celebridad se asienta sobre una larga trayectoria de éxitos. Ahora escucharé con más atención sus canciones.

Quiera Dios que no haya más réplicas de este y de otros seísmos que este verano están sacudiendo no sólo Colombia, sino también ciudades tan cercanas como Granada.

Proliferación de temblores que hace preguntarse a los entendidos por sus causas.

Alba, que ya he dicho que es una persona muy religiosa, las atribuirá a la falta de fe y de creencias de nuestro ateo mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

15 de agosto de 2026

Añoranza de la playa

 Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Angelina mi mujer y yo llevamos catorce días en Santander y aún no hemos podido pisar la arena de la playa del Sardinero, ni tampoco la de la otra playa que está debajo del Palacio de Festivales y lleva el nombre de La Fenómeno.

A esta playita yo he llegado andando, mientras Angelina me esperaba sentada en un banco del camino que a ella conduce.

La denomino playita por su tamaño, aunque el mar que la baña sea el mismo que ondula las olas del Sardinero.

Desde el mirador de Maremondo, de gratos recuerdos para Angelina, pues en él escribió su libro Carne de cuento, se divisa a distintas horas la playa del Sardinero, con dos o tres cargueros al fondo.

Insisto en que aún no hemos pisado la arena ni la del Sardinero ni la de La Fenómeno.

Hay varios obstáculos que nos impiden la satisfacción de pasear por la arena del Sardinero. Uno de los principales reside en montar en un autobús cargados con los diversos útiles que nos permiten sentarnos y tumbarnos en algún hueco al sol, que otros años no representaban ningún problema.

Cuando nosotros estamos ya comiendo en la cafetería Reina, es posible que se presente María Luisa, la hermana mayor de los Lamelas, lista para ir a alguna de las playas mencionadas.

A María Luisa hemos de agradecer que nos haya facilitado entradas para algunos de los conciertos del Palacio de Festivales. Retengo los protagonizados por Brahms y Dvorak, y Haydn, Mozart y Schubert.

Como aún quedan días de agosto, confío en que la añoranza de la playa se convierta en gozosa realidad, y a los músicos citados se unan otros del repertorio del Palacio de Festivales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8 de agosto de 2026

Madrid-Santander

 Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

El pasado día 4 de agosto Angelina mi mujer y yo hicimos este trayecto en el Alvia que sale de Madrid a las 13:30 y tiene su llegada a Santander a las 18:04. Habíamos contratado el servicio de Acerca, antiguo Atendo, con lo que no tuvimos en ningún momento que cargar con las maletas.

Habida cuenta de los desastres, con muertos incluidos, que han tenido lugar con los trenes tanto de alta velocidad como normales, he de confesar que yo no las tenía todas conmigo en cuanto al feliz transcurso del viaje. Pero este se desarrolló sin ningún percance.

Al llegar a la estación de Chamartín nos dirigimos a la sala de Acerca, y allí ya se hicieron cargo de nuestro equipaje. Tuvimos, eso sí, que pasar el túnel de control. Pero el empleado de Acerca subió nuestras maletas al vagón número tres, mientras nosotros ocupábamos nuestros asientos.

Como nuestro vagón estaba muy cerca de la cafetería, aproveché esta circunstancia para comprar sendos bocadillos de jamón y las bebidas, una Coca-Cola cero para Angelina y una cerveza sin alcohol para mí, además de una botella de agua.

 El día estaba radiante y durante la primera parte del trayecto observé las repoblaciones de los típicos pinos de copa ancha.

Como no conservo los billetes del tren que cogimos, puede que los horarios que me da el móvil no sean los exactos que experimentamos. Recuerdo la parada en la gran estación de Valladolid, ciudad en la que yo nací.

A riesgo de equivocarme, consigno la parada en la estación Segovia-Guiomar, parada que no efectúan los trenes de vuelta.

Los campos por los que circula nuestro Alvia se  ven milagrosamente libres de los incendios que han asolado las provincias de Madrid y Ávila.

Al pasar por Palencia, dedicamos un recuerdo a nuestro querido amigo el gran poeta Javier Lostalé, que trabajó muchos años en la emisora local.

Nuestro Alvia no se detiene en Aguilar de Campoo, ni tampoco que yo recuerde en Reinosa.

Me admira ya en plena Cantabria la riqueza del arbolado que cubre las vertientes de la zona, como el avellano, el roble albar, el acebo, la encina, el alcornoque, el haya, el castaño, el arce, el tilo, el olmo, el abedul, el tejo, el pino silvestre, el chopo y el mostajo.  

Amo a mi España, en la que alternan las zonas áridas y las verdes. Me emocionan los campos agrestes, su luz dorada que se pierde en la lejanía.

Densos nubarrones auguran lluvia en Santander, lluvia que luego no se produjo. Tuvimos que esperar al jueves para que se desprendieran algunas lloviznas.

Cuando las grandes vías fluviales del centro de Europa, como el Rhin y el Danubio, se están secando, nuestro tren cruza ríos que mantienen intacto su caudal como el Pisuerga, el Carrión y el Besaya.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 de agosto de 2026

El éxodo de agosto

 Las palabras y la vida 

Alberto Martín Baró

Estaba yo esta mañana del 1 de agosto desayunando en el VIP de la Avenida de América, haciendo tiempo para ir a renovarme el carnet de conducir. Pues bien, a través de la cristalera veía pasar a numerosas personas que arrastraban sus maletas dirigiéndose adondequiera que fuera a pasar sus vacaciones.

Hay empresas que cierran el mes de agosto, con lo que a sus empleados no les queda otro remedio que abandonar su puesto de trabajo.

Todo esto se traduce en aglomeraciones en las carreteras, en las estaciones de tren y en los aeropuertos.

Mi hija Gabriela, mi yerno Gonzalo y sus dos hijos, mis nietos Alicia y Mateo, han tenido el acierto, o la necesidad, de volver de sus cortas vacaciones en Cantabria, cuando todo el mundo, como he dicho, comienza el éxodo de agosto.

Mi mujer Angelina y yo también nos unimos a esta emigración agosteña, y el día 4, Dios mediante, con permiso del cenizo del ministro de Transporte, el mal hablado Óscar Puente, cogeremos el tren Alvia para dirigirnos a Santander, patria chica de Angelina.

Todos los días miro en el móvil las temperaturas de Madrid, Santander y El Espinar. Las de estas dos últimas localidades suelen coincidir por lo bajo, mientras Madrid se lleva la palma calurosa.

Desde hace años dedico mi blog de agosto a Santander y no puedo por menos de lamentar el abigarramiento que ha venido experimentando la ciudad.

Permanece incólume la Bahía que se divisa desde la casa que Angelina comparte con dos de sus hermanos, a los que yo me uno como “advenedizo”. No puede decirse lo mismo de las playas del Sardinero, que sufren la afluencia masiva de bañistas. Angelina y yo nos limitamos a pasear de un extremo a otro, hasta el Chiqui por un lado y hasta la Concha por el otro. Pero aun este sano ejercicio deambulante se ve dificultado por otros paseantes que van de un lado a otro de la playa.

Evoco con añoranza los baños que yo me daba no hace mucho tiempo y que hoy, por obvias razones no me permito.

Algunos días vamos a la playa de la Magdalena, que nos deja entrar en el agua templada.

Confío en que María Luisa, la hermana mayor de Angelina, haya sacado entradas para algunos conciertos del Palacio de Festivales, que no tenemos más que cruzar la calle para acceder a él.

Ah, Santander, novia del mar, que se inclina a tus pies…